Pluma Libre – Entre chocolates, encuestas y el dedazo: el cuento de Morena en Michoacán

Por Pánfilo Naranjo

La tarde estaba lluviosa, fría y de esas que invitan a quedarse en casa viendo cómo se derrite el presupuesto público… pero mi amigo Tomy y yo somos de otra madera. Nos refugiamos en una conocida cafetería de la capital michoacana y, para combatir el clima, nos saboreamos un rico chocolate.

Entre sorbo y sorbo, Tomy soltó la bomba:

—Sabes, mi amigo Pánfilo, que Morena en unos días acabará su cuento de la búsqueda de su candidata o candidato al gobierno de Michoacán. Y colorín colorado, este circo-cuento se ha acabado.

Casi me atraganto con el chocolate.

—¡No manches, Tomy! ¿Y eso qué significa? Explícame tu lectura, porque yo todavía no termino de entender tanta asamblea informativa, tanta fotografía, tanto recorrido y tanta sonrisa de campaña… ¡y eso que todavía ni empieza oficialmente la campaña!

Tomy se acomodó en la silla, dio otro sorbo a su chocolate y, con esa tranquilidad de quien cree conocer los secretos del Olimpo político, respondió:

—Es muy fácil, mi amigo Pánfilo. Lo que está pasando en Morena con sus famosas Asambleas Informativas es puro circo, maroma y… bueno, hasta clowns podrían contratar.

—¡Ah caray! —le dije—. ¿Y las encuestas?

Tomy soltó una sonrisa.

—Las encuestas, mi querido Pánfilo, son como el menú de una cafetería: sirven para entretener al cliente mientras desde la cocina ya decidieron qué le van a servir.

—¿Entonces?

—Pues que la última palabra no la van a tener necesariamente los recorridos, las porras, las asambleas ni quienes se han desvivido por aparecer en la foto. La decisión, según esta lectura, vendrá desde el centro y tendrá nombre y apellido. Una voz femenina será la que termine inclinando la balanza.

Yo levanté la ceja.

—¿O sea que ya hay decisión?

—¡Pues quién sabe! —contestó Tomy—. Pero dicen que hasta con guitarra puede sonar la canción final. Y eso sí: habrá que estar pendientes, no vaya a ser que en el camino se atraviese un aula, un salón de clases o algún otro imprevisto político de esos que aparecen cuando menos se esperan.

Ahí fue cuando comprendí que, en política, hasta los salones de clase pueden terminar teniendo más protagonismo que las encuestas.

—Entonces, Tomy —le pregunté—, ¿todo este desfile de aspirantes, líderes, militantes y ciudadanos recorriendo Michoacán podría terminar simplemente en una decisión tomada desde arriba?

—¡Exactamente! Y ahí se acaba el cuento.

Me quedé pensativo.

—Entonces, en Michoacán, Morena podría terminar teniendo un candidato o candidata que algunos consideren impuesto, espurio o, por lo menos, producto de una decisión cupular.

Tomy asintió.

—Y fíjate muy bien, Pánfilo: si eso ocurre, viene lo bueno. Porque quien quede tendrá que recordar quiénes caminaron las calles, quiénes organizaron las asambleas, quiénes prestaron sus casas, quiénes pusieron gasolina, quiénes repartieron volantes y quiénes se quemaron bajo el sol o se mojaron bajo la lluvia.

—¿Y los va a recordar?

Tomy soltó una carcajada.

—¡Ahí está el detalle! Puede que después de la elección ya no los conozcan. Esa película ya la hemos visto. Primero: “compañera, compañero, vamos juntos”. Después: “¿usted quién es y quién lo invitó?”

Y no nos hagamos: esa ingratitud no es exclusiva de Morena. En los partidos políticos existe una vieja tradición mexicana: cuando necesitan votos, todos son indispensables; cuando llegan al poder, casi todos se vuelven prescindibles.

El político tiene memoria selectiva: recuerda perfectamente quién le consiguió votos, pero misteriosamente olvida quién le abrió la puerta cuando todavía no tenía oficina.

Tomy terminó su chocolate y remató:

—Por eso, mi amigo Pánfilo, lo mejor que puede hacer un buen ciudadano es ponerse a trabajar y dejar a los políticos en su camino. Que ellos hagan sus asambleas, sus encuestas, sus amarres, sus fotografías y sus reuniones. El ciudadano que se dedique a lo suyo y que no entregue ni su dignidad ni su credencial de ciudadano a cambio de una promesa.

—No pues sí, Tomy.

Y mientras afuera seguía cayendo una lluvia fría sobre Morelia, dentro de aquella cafetería llegamos a una conclusión todavía más fría:

En política, las encuestas pueden preguntar muchas cosas, las asambleas pueden llenar plazas y los aspirantes pueden recorrer hasta el último rincón del estado. Pero cuando llega la hora de repartir el pastel, siempre hay alguien que aparece con el cuchillo… y casi nunca es quien estuvo amasando la harina.

Así que habrá que esperar el capítulo final.

Porque el cuento todavía no termina.

Y si de verdad ya está escrito el final, al menos que nos digan quién tiene la pluma.

Colorín colorado… ¿el candidato ya está decidido?

Eso, queridos lectores, lo sabremos cuando baje el telón.

Mientras tanto, ¡otro chocolate, Tomy!